martes, 15 de abril de 2008

Una mujer pálida

Creo que es inevitable para cualquiera recordar de manera entrañable a aquella mujer que fue la primera que extendió su mano sobre nuestro cuerpo, dándonos pasaje de entrada para el suyo.

No fue la primera mujer de la que me enamoré, eso sería una afirmación injusta; pues mi primer amor fue uno inalcanzable. Ella era hermosa, siempre de piel clara (en todo caso, así la recuerdo) con unos impresionantes ojos pardos. La veía andar en bicicleta durante las tardes de verano, dando vueltas alrededor del parque. Ella era el tiempo más alegre que jamás había observado. Yo tenía once o doce años, ahora no lo recuerdo con exactitud y me da tremenda pereza sacar cuentas para identificar mi edad exacta cuando inicié el primer año de secundaria. Además de total inexperiencia, me caracterizaba un rostro lleno de asquerosos barros que surgían (al parecer) cada vez que me observaba en cualquier espejo. Sufría de sobrepeso, era redondo por donde me vieran (las cosas cambiarían después, no mucho, pero en algo) y mi cabello era un ente indómito; siempre supe que tarde o temprano me abandonaría.

Un día le hablé.

El verano secaba la humedad del parque y esparcía un perfume que, con el tiempo, se convirtió en determinante para mis estados de ánimo. Incluso en estos años tan difíciles, trato de volver en las tardes de estío, solo para recordar el aroma de mis tiempos. Admiraba, de manera justa, a un muchacho bastante mayor que yo, estudiante universitario, con carro propio y que cambiaba de novia como si fuera un artista que termina de pintar un cuadro. Era inteligente y muy bien parecido. Trabajaba en el motor de su poderoso mustang todos los domingos y yo lo visitaba, conversábamos de música básicamente, aunque una que otra vez hablamos de chicas; pues él tenía novia y yo me moría por tener alguna, la que sea.
En una de esas tardes, mi primer amor pasea frente a nosotros, llevaba un pantaloncillo muy corto de rayas verticales y delgadas, una blusa sin mangas amarrada bajo los senos inocentes; piernas doradísimas, largas y fuertes; conducía con los ojos cerrados, a toda velocidad, dejando que se levante su cabello y deje su rostro descubierto, levantado, como esperando el beso del viento. No pude cerrar la boca cuando la vi, cuando imaginé ser el viento y ella se perdió de mi vista, tomando un camino que no conocía. Diego me mira y se burla de mí, pues sabe que me había derrotado y sabe, además, que perder así ante una chica ha sido la causa de grandes guerras y de historias épicas que todavía hoy se cantan.
Y yo, como todo hombre de once o doce años haría, negué todo, casi ofendido. Pero no podía dejar de pensar en ella. Estaba tan hermosa esa tarde que la recuerdo como si estuviera aquí o yo allá.
Una semana después, cuando hablábamos de Voz Propia y que era una mega banda y que era increíble que nadie la conozca y que no se le rinda culto como a otras bandas igual de buenas, apareció ella, sin bicicleta, sin pantaloncillo cortos ni piernas adorables; sino más bien, vestida como para una cita romántica, con maquillaje en el rostro (cosa que no me gustó, pues me pareció de falsa belleza) y las uñas pintadas. También llevaba tacos altos, lo que hizo que me llevara más de una cabeza de altura. Me sentí un niño. Diego me presentó con ella. Me observó de pies a cabeza y se ofendió, como si le hubiesen estafado, tomado el pelo, burlado, humillado, todo junto; miró a Diego con odio y se fue. Quince minutos después volvió; pero en bicicleta, con sus piernas agresivas y los ojos cerrados, en un mundo que ella sola se creaba; Diego se deshacía en disculpas. Me imaginó a la pobre chica esperando a un galán de los mismos quilates que Diego lucía en aquellos años y encontrándose conmigo, poco le debe haber faltado para buscar la cámara oculta entre los matorrales.

Comprendí que nunca sería el viento.

Muy distinto a la primera mujer que me dejó conocer los secretos de su cuerpo. Como dije antes, mi cuerpo ni mi rostro eran dignos de ser fotografiados. Lo único que tenía era algo que no podía mostrar al mundo. Dios me había mandado con un miembro extraordinario. Claro que de eso no tenía idea, quiero decir, es mi miembro, mi pene, es parte de mí como las uñas o las rodillas, qué me iba a imaginar en esos primeros años que fuera algo tan especial. En cualquier caso, a pesar de que sospechara de mi suerte, no podía presumir de él y menos exhibirlo con intenciones de cautivar a alguna jovencita lujuriosa. Lo cual siempre me indignó, pues ellas alardean de su cuerpo, de regiones totalmente sexuales mientras que nosotros tenemos reglas distintas para ganar en el mismo juego. En fin. La cuestión es que de mi único atractivo, solo lo conocía yo. O eso creía. En todo caso, tendría que decir que solo lo yo y mi habitación podríamos afirmarlo; pues en qué otro lado andaba desnudo sin preocupación de mi propio cuerpo, y justamente fue ahí donde ella lo vio. Cuando pienso en ella y su rostro delicado, angulado, en el que se marcaba una línea deliciosa junto a su boca cada vez que sonreía; su cabello larguísimo, pero larguísimo, como el interior de una gruta; sus piernas eran perfectas, no como las de mi primer amor, estás eran totalmente eróticas, jugosas; sus ojos también me encantaban, negros y angustiantes; pero lo que más recuerdo son esos ciclones de cabellos cortos y delgados que se le formaban al inicio de la nuca, cerca de las orejas; tan llena de delicadeza.
Fue bastante curioso como la conocí. Era de noche, yo estaba metido en mi cama. Hacía mucho calor así que dormía sobre las sábanas. Estaba profundamente dormido, cuando comienzo a sentir muchísimo placer, pero era un placer sobrenatural; me despierto de golpe y la casi veo a ella. Así le decía; te casi veo. Pues era medianamente transparente. Pero claro, esa primera noche estuve muy asustado, pues cuando abrí los ojos, veo que ella tiene entre sus delgadas manos a mi penecito. Cuando lo suelta comienza a desvanecerse hasta desaparecer; entonces pensé que sería solo un sueño; pero la noche siguiente fue igual, solo una diferencia, yo no dormía realmente. Abro los ojos lentamente y la veo acariciándome. Mientras más me tocaba, ella se volvía más corpórea, fue cuando la comencé a acariciar. Ella volteó tan sorprendida que parecía que vio a un fantasma. Pero al ver mi buena disposición a sus caricias y, al parecer, su deseo por las mías, prosiguió con lo suyo. Qué noche aquella. Me pareció una mujer muy hermosa. Cuando terminamos, ella se sentó a los pies de mi cama, sus ojos estaban llenos de alegría y parecía que quería decirme mil cosas, pero luego desapareció. Solo quería esperar a que llegue la noche.

En el colegio sucedió un cambio; al no verme tan angustiado por mi falta de amor, enfermedad común a esa tenue edad, y ver que también adquiría día a día una mayor confianza, mis compañeros de aulas me observaban extrañados. Los estudios me importaban muy poco, solo quería que llegue la mujer pálida cada noche para que me vaya mostrando todo lo que se puede hacer con dos cuerpos llenos de hambre y sed. Me hizo sentir tantas cosas, tan especial, como si al amar no fuesen necesarias las verdades.

Descubrimos cómo pasar las noches juntos. Lo habíamos hecho de tantas maneras distintas, que estaba realmente agotado. Entonces, cuando ella aún es corpórea, la recuesto a mi costado, la cubro con las sábanas y la abrazo. Ella toma mi pene con su mano, y mientras fue así ella estuvo conmigo, pasamos toda la noche, tratando de que su cuerpo frío se entibie un poco. Cuando desperté ya no estaba ella. La noche siguiente fue la última que nos vimos. Cuando apareció, me dijo, no me preguntes cómo, me dijo que ya no volvería, que yo le había dado algo que pensó que nunca volvería a tener, un abrazo por toda la noche. Han pasado muchos años y claro que he conocido mujeres de cuerpo y sangre, que además tienen opiniones y digresiones; pero no puedo dejar de pensar que fue ella la que me hizo creer en que sí podría amar con pasaje de ida y vuelta, de noche y de día, tan igual para ella como para mí, un amor al unísono como es el que vivo; y fue por ella. Me imagino que ella, la mujer pálida como la llamaba cuando sentía que mis padres ya dormía, también lee cuentos, pues es como hacer el amor para aprender a vivir.